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Supercentenarios Longevidad al margen de la sociedad de masas

Una vida sencilla alejada de los grandes núcleos urbanos, la comida natural con predominancia de la dieta vegetariana y la actividad física cotidiana, la mayoría de las veces para ocuparse de un huerto familiar. Estos son algunos de los factores clave que tienen en común la inmensa mayoría de personas que superan los cien años en un estado de salud envidiable. Nos lo cuenta Guillermo Caba.

ENVIADO POR: GUILLERMO CABA - VIDASANA.ORG, 27/12/2011, 17:19 H | (457) VECES LEÍDA

A lo largo y ancho del planeta, la existencia de este tipo de individuos que llegan al siglo de vida en estas condiciones… pone en jaque los presuntos beneficios que nos brinda nuestra sociedad urbano-industrial autodenominada del bienestar. Son, en suma, el testimonio viviente de que tras la cortina de información sobre los presuntos beneficios de la moderna medicina, está el hecho de que ésta quizás no se ocupe -o no quiera ocuparse- de aquellos factores que permiten que los seres humanos puedan vivir una vida de relativa paz y salud hasta una edad muy avanzada.

Para indicarlo claramente, cuando se han llevado a cabo estudios que analizan los elementos fundamentales que contribuyen a vivir una existencia plena y centenaria, no aparece, por ningún lugar, el acceso a los modernos servicios de salud de los países industrializados.
Es por este motivo que los lugares en donde acostumbra a haber un porcentaje elevado de ancianos centenarios se sitúa, normalmente, al abrigo de la civilización. Así, Vilcabamba, una población situada en el corazón de los Andes ecuatorianos, se la conoce como el Valle de los Centenarios. Otros lugares privilegiados son la región del Cáucaso, zona que abarca Georgia, Armenia y Azerbaiján, el valle del Hunza, en el Himalaya Occidental, o la isla japonesa de Okinawa.
En estos enclaves, que también poco a poco van sucumbiendo al “progreso”, sus habitantes viven al margen de la sociedad de la cantidad, de la competencia, de los récords de audiencia, de la maximización de los beneficios o de lo que sea. En este sentido, es muy revelador que el menorquín Joan Ruidavets, que al cumplir 114 años se le reconoció como el hombre más anciano del mundo, se preguntase con ironía: “¿Por qué es tan importante figurar en el libro récord de los Guinnes?”.

NO ES ALGO GENÉTICO
Sobre el papel que juega la genética a la hora de permitir el que vivamos o no muchos años, hay que indicar que un estudio sobre la salud de Joan reveló que, precisamente, no tenía condicionantes genéticos que favorecieran su longevidad. Los investigadores concluyeron que la buena salud del menorquín se debía a la combinación de factores medioambientales y del estilo de vida: era oriundo de un pueblecito de Menorca, Es Migjorn, su dieta era mediterránea y hasta los 102 años iba en bicicleta a cuidar el huerto familiar. Mal les pesase a los bioquímicos, no había nada patentable entre los factores que contribuyeron a la longevidad.
En este sentido, de acuerdo con el estudio ¿Cuál es el secreto de la larga vida de los centenarios?, del médico gerontólogo Víctor López García, otro de los factores que contribuyen a la longevidad es que las personas centenarias tienen confianza en sí mismas. Dicho claramente, más que haberse pasado la vida haciendo caso de los consejos de moda que provienen de las políticas sanitarias -siempre marcadas por los intereses económicos y de loobies-, lo que sobre todo han hecho estas personas a lo largo de su vida es lo único que podían hacer en estos entornos cerrados: escucharse a sí mismas. Forman parte, en definitiva, de la generación de individuos que, al abrigo de un mundo sencillo y cercano a la Naturaleza, no recibieron vacunas cuando eran niños; nadie les dijo lo que tenían que hacer cuando se llegaba a la menopausia; no escucharon los consejos del verano que inundan los medios de comunicación a principios de julio o si a partir de determinada edad es muy peligroso el no hacerse mamografías; ni tampoco escucharon los consejos publicitarios para llevar una dieta sana.

1 KILO DE CHOCOLATE
Sea como sea, lo más interesante es que cuando se les indica cuál es el secreto de su longevidad no hay ni uno que diga que fue gracias a un médico o a determinados medicamentos. En este sentido, la persona que actualmente ostenta el récord de longevidad con 122 años, Jeanne Calment, atribuía su avanzada edad al aceite de oliva que utilizaba para cocinar, al vaso de porto y al cigarro que fumaba después de comer -hábito que abandonó a los 117 años-, y al kilo de chocolate que se zampaba cada semana.
En este orden de cosas, en el trabajo de Víctor López García, también se menciona entre los factores que contribuyen a la longevidad el sentido de la independencia. Según este médico, las personas longevas “suelen saber lo que quieren y tratan de conseguirlo” y, lo que es más importante, esto lo llevan a cabo “muchas veces con independencia del criterio de los demás”.
Así, Remei Company Ventura, natural de la localidad barcelonesa de Castellar del Vallès, de 108 años (y que, por cierto, es la abuela del que escribe este artículo), hasta los 105 años rechazaba ayuda para caminar, subir y bajar escaleras o hacerse la cama. Y tampoco está de más indicar que, si se terciaba, este rechazo lo manifestaba con el gesto de levantar el bastón ante su propio nieto.

LAS MENTIRAS DE LA TV
De la misma manera, los centenarios son personas que, muy al contrario de dejarse llevar por una actitud pasiva ante la vida, mantienen una actitud activa en su cotidianidad. Así, Remei me confesaba hace un par de años que: “¿No sé por qué la gente ve la televisión? ¿No se dan cuenta de que sólo dicen mentiras?”. Por lo demás, esta modista de profesión estuvo hasta los 105 haciendo sus ejercicios matinales de respiración así como sus labores de ganchillo. Para decirlo de alguna manera, Remei se jubiló a los 105 años porque lo que hacía daba un sentido a su vida. Y éste es un patrón calcado a otros centenarios como Joan Riudavets, quien se ocupaba del huerto hasta los 102 años, o Jean Calment, que iba en bicicleta hasta pasados los 100.
Otro de los aspectos presente en la mentalidad de los centenarios a la hora de afrontar las propias vicisitudes es la ironía con que se ven a sí mismos. Así, cuando Jean Calment cumplió 120 años le preguntaron qué futuro le esperaba, a lo que respondió: “Uno muy corto”.
Y esta actitud positiva ante la vida, este humor envidiable, se refleja en una conversación que en noviembre del 2002 tuve con una anciana, que se rompió la cadera, y que conocí en un hospital en donde acudía de voluntario. Era de un pueblecito de la provincia de Tarragona. El diálogo se desarrolló, de forma más o menos literal, de la siguiente manera:

- ¡Huy, cuando salga de aquí tenemos que ir a la sala de baile!
- Caramba, pero usted es muy mayor, ¿no?
- Tengo noventa y cuatro años. Pero esto no es nada.
- ¿Ah no?
- Qué va, joven, mi tío vivió 115 años, y otro familiar del pueblo 107.
- ¿Ciento quince? ¿Pero cómo…?
- En cambio mi tía tuvo la mala suerte de tener un accidente y murió con 100.
- ¿Qué le pasó?
- Se cayó del caballo.


SIN MIEDO A MORIR
En este sentido, otro elemento que tienen en común la mayoría de los superancianos es la ausencia del miedo a morir. Dicho de otra manera: no hay nada que contribuya tanto a que las personas muramos sin alcanzar los cien años de forma saludable como el miedo a la muerte y, más concretamente, a que hayamos hecho de la muerte un tabú. Y quizás el factor angular subyacente que caracteriza la Sociedad del Conocimiento, de la cantidad, ¿no será precisamente el que hayamos rehuido una realidad tan natural e imponderable como el de la muerte que nos espera a todos y que por este motivo nos veamos lanzados a un mundo en el que cualquier entretenimiento y diversión actúa como narcótico para evitar el estar aquí y ahora con nosotros mismos? Quizás, para poder afrontar esta realidad debemos volver a la sencillez, disolver dentro de nosotros mismos las ambiciones esclavizantes y que sólo son el producto de compararnos los unos a los otros.

Por este motivo, no es de extrañar que en países en donde todavía se mantiene un tipo de vida anterior al de la Revolución Industrial se notifiquen de forma periódica la existencia de centenarios. Sin embargo, estos superabuelos no se consideran auténticos porque no disponen de partidas de nacimiento. A pesar de ello, sus testimonios son totalmente verosímiles porque no se vislumbra en ellos ningún afán de protagonismo. Sencillamente, cuando se lleva a cabo el censo nacional estas personas declaran con toda naturalidad su edad al inspector de turno.

Debido a que su modo de vida es el que la medicina establece como arquetipo para alcanzar la longevidad, podemos sospechar que la mayoría de los casos son auténticos. A estos factores ya mencionados de la alimentación sencilla o vivir en contacto con la Naturaleza, se suman otros como habitar entornos saludables libres de contaminación atmosférica y acústica, así como otro totalmente fundamental: en estas comunidades tradicionales continúa vigente el rol del anciano. Es decir: el abuelo -o deberíamos decir superabuelo- juega un papel importante: el de formar parte del consejo de ancianos que tiene por misión transmitir su sabiduría vital. Ellos tienen algo de lo que no disponen los demás y que no puede comprarse: memoria y experiencia, motivo por el cual son escuchados.


CULTURAS VERNÁCULAS

Esto es posible por dos motivos: por un lado, son culturas que han variado muy poco con el paso del tiempo, de manera que el anciano se reconoce en el mundo de los más jóvenes. Por otro lado, los ancianos se han pasado la vida resolviendo problemas útiles para la supervivencia pues han sido agricultores, zapateros…, por no hablar de los auténticos chamanes. Es decir, sus trabajos tenían por objetivo cubrir las necesidades básicas de supervivencia. Y ahí el anciano sí que tenía una sabiduría que es importante transmitir. La mayoría de los trabajos de hoy en día, por el contrario, tienen su razón de ser en cosas externas a nuestras necesidades básicas: trabajar en una fábrica para engordar los beneficios de una empresa, o de funcionario para incrementar el poder de un politburó de políticos. En el mejor de los casos, trabajar para tener un sustento económico con el que vivir, pero sin que a nadie le importe si su trabajo contribuye a que vivamos en un mundo mejor.
Entre estos ancianos del mal llamado Tercer Mundo, que de forma periódica aparecen en los medios de comunicación, tenemos el marroquí Siddi Kaddour Maksouri, que en el 2010 cumplió 123 años. Su modo de vida era un calco de los factores que caracterizan a los centenarios y que pueden resumirse en una palabra: sencillez. Es decir, Siddi Kaddour se alimentaba de pan de cebada, aceite de oliva, dátiles, frutas de temporada y legumbres. Por lo demás dormía en el suelo sobre una cubierta de heno. Por su parte la cubana Juana Bautista de la Candelaria Rodríguez alcanzó los 126 años. Esta anciana, a quien poco le debía importar figurar en el libro Guinness, mostraba gratitud hacia lo que le había dado la vida y aseguró que “espero llegar a los 130”. Asimismo, Juana atribuía su salud “al aire puro del campo, una dieta adecuada y un corazón que siempre ha estado lleno de amor”.


145 AÑOS

Un caso más extraordinario se dio a conocer el año pasado en la aldea de Bukit Batrem, en la isla de Sumatra. A la hora de hacer el censo encontraron que una anciana llamada Katemi reconocía que había nacido en un poblado de Java en 1865. Es decir, que la venerable Katemi tenía 145 años. A pesar de que era imposible de confirmar, lo cierto es que tres de los nietos y bisnietos de la anciana indicaron a los inspectores que a Katemi le gustaba de contar historias de su juventud durante las épocas coloniales de los portugueses, los holandeses y los japoneses.

Puede ser que la piedra angular para vivir una dilatada existencia en paz pase por cierta forma en que enfocamos nuestra vida y nos relacionamos con los demás en nuestra cotidianidad. Al fin y al cabo, este es el substrato subyacente al que apuntan todos los estudios científicos sobre los factores que favorecen la longevidad. Y quizás Jean Calment, que tenía una experiencia de vida extraordinaria, apuntó a lo fundamental cuando reconoció en cierta ocasión que “viví de una manera recta, transparente y no me arrepiento”. Y esta idea tan simple nos debería hacer reflexionar. Al fin y al cabo tampoco es patentable y está disponible para cada uno de nosotros.

Guillermo Caba


EL PEOR PROYECTO…
EN EL VALLE DE LOS CENTENARIOS


Cualquier persona mínimamente inteligente entiende que la mejor manera para conocer algo es transformarse en ese algo. De esta manera hacemos bueno el dicho de que, si quieres saber lo que es un pez, no lo saques del agua. Lamentablemente, esto no lo han entendido los promotores del Centro de Investigación Gerontológica (INGER) de Ecuador que se acaba de edificar en Vilcabamba, en pleno Valle de los Centenarios. El centro, que ha costado 2,3 millones de dólares, ocupa una extensión de 2,4 hectáreas y no hay nada en él que sea un reflejo de los factores angulares que contribuyen a la longevidad.
El edificio tiene museógrafo, administración, centro de computación, laboratorio, auditorio y locutorio. Además, tiene cinco aulas con capacidad para 30 personas cada una y está provisto de una cocina-comedor, dos suites, además de una zona de barbacoa. Por si esto fuera poco, dispone de servicios de Internet, 60 líneas telefónicas, pizarras electrónicas, 26 baños, cámaras de seguridad, generador de energía y un sistema que permitirá la transmisión en vivo y en directo de eventos desde y hacia otros destinos del país y del mundo. El INGER tiene como tarea inmediata crear una base de datos sobre la realidad demográfica de los muy mayores. Esto ha de permitir desarrollar una agenda que regirá el trabajo entre este grupo de población.

Y aquí la pregunta es: si entre todos los medios de los que dispone este centro no hay ni uno que contribuya a la longevidad de los habitantes de este valle, ¿para qué crear este centro? Dicho claramente: en vez de fomentar el debate y difundir entre las masas de las grandes aglomeraciones urbanas los factores que conducen a una vida longeva y saludable, han llevado el mundo de la cantidad y las estadísticas- exponentes de una mentalidad que no fomenta la longevidad- a este enclave. Sencillamente, este tipo de iniciativas contribuyen a resquebrajar la apacible y saludable vida de los ancianos que, si han vivido tantos y tantos años, es porque no han tenido que habérselas con un mundo que disecciona lo que pretende conocer, sin saber que de esta manera mata su objeto de estudio.

Alguien tendría que decirles a estos científicos y tecnócratas que hoy sabemos, a través de la epigenética y, sobre todo, a través de los trabajos que el Dr. Dyrk Hammer ha llevado a cabo desde hace más de un cuarto de siglo, que con nuestros pensamientos y sentimientos, modificamos la replicación de nuestro ADN y que, de esta manera, creamos o evitamos tener por ejemplo un cáncer.


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